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Blog Profesionales de la Educación
Fecha: 08/febrero/2010
El apego es la manera en que los seres humanos se relacionan con un otro. Ese modo de vincularse se aprende en la primera infancia en el vínculo con una figura significativa (madres, padres, familiares u otro cuidador). Las características y condiciones con que se establece esa relación, de forma más o menos segura, influyen fuertemente en la manera en que los niños se relacionarán en el futuro con ellos mismos, con los otros y el mundo. Cuando en las primeras relaciones de apego se da un vínculo seguro, los niños aprenderán a interactuar de manera segura basados en la confianza. Tenderán a desarrollar una autoestima positiva, éxito en el aprendizaje y competencias para enfrentarse a situaciones de estrés y salir fortalecidos de las dificultades, independiente del éxito o el fracaso. Los niños que desarrollaron apegos inseguros, pueden tender a establecer relaciones en que rechazan o temen a las personas y a sí mismos, son evitativos, sienten el mundo como una amenaza, oscilando entre la indiferencia y la dependencia. Esto puede generar molestia, desagrado y desmotivación en su entorno, pues son niños que parecen impredecibles, agresivos o definitivamente “invisibles”. Pero ¿Qué ocurre cuando ese primer vínculo no fue satisfactorio y nutritivo? ¿Pueden los niños superarlo y desarrollarse exitosamente? ¿Puede generarse un nuevo apego que repare las carencias ocasionadas por el primero? ¿Cómo podemos promover un apego seguro en otros contextos? El término Resiliencia no cuenta con una definición oficial de la Real Academia Española, pero tanto para la ingeniería como para las ciencias sociales tiene un significado claro. Se entiende como la capacidad de un material o una persona de recuperar su forma original, luego de ser sometido a una presión deformadora o factores ambientales adversos. Cyrulnik (2002) , señala que la resiliencia alude a un proceso, que describe como “el arte de navegar por los torrentes” (p. 212), haciendo referencia al conjunto de fenómenos que ocurren en el marco contextual, afectivo y cultural que permitieron que una persona a pesar de un trauma, logró movilizar recursos internos para salir adelante. Esta compleja cualidad, tan valorada actualmente, no puede ser calculada como una perfecta ecuación, pero si puede ser promovida – entre otros- a través de un apego seguro en la primera infancia o en una segunda oportunidad: en el contexto escuela a través del vínculo con algún docente significativo y la relación con los pares en un marco de resiliencia institucional. ¿Cómo podemos propiciar un apego seguro y promover la resiliencia en nuestros niños? Estamos en un momento histórico y cultural en que transitamos de un modelo de educación más bien autoritario, en que los niños actuaban y reaccionaban con miedo, sumisión y poca autonomía, a un modelo que no tiene normas ni límites claros. Esto implica que los niños quedan desprotegidos, sin una estructura predecible que les permita salir a explorar el mundo con confianza, para regresar luego a un lugar seguro. Para desarrollar un apego seguro y promover la resiliencia, existen algunas condiciones que lo favorecen: • Equilibrar la exigencia con el afecto. De esta forma les trasmitimos que son capaces de hacer las cosas, que confiamos en sus capacidades y que cuentan con nuestro apoyo incondicional si lo necesitan. • Equilibrar los límites, normas y estructuras necesarias, con el respeto, la flexibilidad y la negociación. Que los niños nos quieran pero también nos respeten. • Ser consistentes en las normas. No todo se puede hacer y hay razones para la existencia de esos límites. Dependiendo de la etapa de desarrollo de cada niño, conviene decirles el por qué de los límites en positivo. Por ejemplo, “estaremos en silencio porque todos debemos aprender” en vez de decir “estaremos en silencio porque sino, los anotaré en el libro de clases”. • Entregar cariño constante y consistente en el tiempo. • Mostrarles cotidianamente que están seguros porque estaremos disponibles cuando nos necesiten. • Apoyarlos en el desarrollo de su autonomía, dejándolos explorar y equivocarse. • Estar atentos para comprender lo que quieren comunicarnos, sin sobreinterpretar ni darles siempre la respuesta que pensamos ellos necesitan. • Protegerlos y contenerlos cuando están angustiados, asustados o estresados. Pero si por diversos motivos este primer vínculo se desarrolló de manera insegura, ¿Qué se puede hacer entonces? La escuela entrega una nueva oportunidad para que estos niños con dificultades puedan desenvolverse estableciendo vínculos positivos y nutritivos. Su estructura formal y afectiva puede fomentar el apego seguro y la resiliencia en sus alumnos. Ello facilita el éxito profesional, académico y personal de cada uno de los actores que la componen y genera un proceso de retroalimentación en el marco de una convivencia sana y constructiva. Todos los que trabajan con otros pueden llegar a ser “tutores” de resiliencia. Para ello es esencial creer genuinamente que las personas son intrínsicamente buenas, capaces de desarrollarse, crear y proponer. Además es importante entender los contextos y las razones por las que cada persona llega a ser como es. Es difícil dar recomendaciones generales. El proceso es tan natural y complejo a la vez que muchas veces los profesores que marcaron la diferencia en la vida emocional de sus alumnos, ni siquiera tuvieron conciencia de la magnitud del rol que estaban desempeñando. Sin embargo existen estrategias que conviene considerar: • Lo primero es identificar de qué manera se relaciona cada niño: ansioso, evitativo, desorganizado. Reconocerlo como un legítimo “otro” y darles el derecho a ser diferentes. Con esa base de conocimiento enseñar con cariño, cuidado y respeto, atento a las necesidades y estilos de aprendizaje de cada uno. • Construir experiencias que le permitan al niño explorar, cambiar la forma de hacer las cosas, darles permiso para equivocarse y demostrar confianza en lo que ellos están haciendo. • Reconocer y aplaudir los éxitos, al igual que reconocer los errores y mostrarlos con respeto, explicándoles las consecuencias naturales y por qué es un error. • Mantener un vínculo seguro y acogedor, independiente de los éxitos y errores. Darles la oportunidad de volver a empezar sin resentimientos. • Construir espacios, relaciones y situaciones significativas que faciliten el cambio de modo de relación inseguro. Puede ser armando grupos de trabajo donde los mismos niños se ayuden a hacer determinadas tareas e ir modelando al niño más inseguro o agresivo, a través de los otros, mostrándoles la manera de relacionarse bien y confiar. Darles el rol de tutor, la oportunidad de liderar, de motivar a los compañeros. Podemos ser facilitadores o dificultadores en el desarrollo de la resiliencia y la generación de vínculos positivos en nuestros niños. Recordemos entonces que tanto la sobreprotección como la indiferencia son una descalificación para nuestros niños. Un apego seguro en la infancia o más adelante en la escuela, puede facilitar la enseñanza y el aprendizaje, reparar los daños que se produjeron en un comienzo y promover el desarrollo de la resiliencia, una herramienta tremendamente valiosa para llegar a ser personas felices y aportar positivamente a nuestro entorno.
Cuando en las primeras relaciones de apego se da un vínculo seguro, los niños aprenderán a interactuar de manera segura basados en la confianza. Tenderán a desarrollar una autoestima positiva, éxito en el aprendizaje y competencias para enfrentarse a situaciones de estrés y salir fortalecidos de las dificultades, independiente del éxito o el fracaso.
Los niños que desarrollaron apegos inseguros, pueden tender a establecer relaciones en que rechazan o temen a las personas y a sí mismos, son evitativos, sienten el mundo como una amenaza, oscilando entre la indiferencia y la dependencia. Esto puede generar molestia, desagrado y desmotivación en su entorno, pues son niños que parecen impredecibles, agresivos o definitivamente “invisibles”.
Pero ¿Qué ocurre cuando ese primer vínculo no fue satisfactorio y nutritivo? ¿Pueden los niños superarlo y desarrollarse exitosamente? ¿Puede generarse un nuevo apego que repare las carencias ocasionadas por el primero? ¿Cómo podemos promover un apego seguro en otros contextos?
El término Resiliencia no cuenta con una definición oficial de la Real Academia Española, pero tanto para la ingeniería como para las ciencias sociales tiene un significado claro. Se entiende como la capacidad de un material o una persona de recuperar su forma original, luego de ser sometido a una presión deformadora o factores ambientales adversos. Cyrulnik (2002) , señala que la resiliencia alude a un proceso, que describe como “el arte de navegar por los torrentes” (p. 212), haciendo referencia al conjunto de fenómenos que ocurren en el marco contextual, afectivo y cultural que permitieron que una persona a pesar de un trauma, logró movilizar recursos internos para salir adelante.
Esta compleja cualidad, tan valorada actualmente, no puede ser calculada como una perfecta ecuación, pero si puede ser promovida – entre otros- a través de un apego seguro en la primera infancia o en una segunda oportunidad: en el contexto escuela a través del vínculo con algún docente significativo y la relación con los pares en un marco de resiliencia institucional.
¿Cómo podemos propiciar un apego seguro y promover la resiliencia en nuestros niños?
Estamos en un momento histórico y cultural en que transitamos de un modelo de educación más bien autoritario, en que los niños actuaban y reaccionaban con miedo, sumisión y poca autonomía, a un modelo que no tiene normas ni límites claros. Esto implica que los niños quedan desprotegidos, sin una estructura predecible que les permita salir a explorar el mundo con confianza, para regresar luego a un lugar seguro.
Para desarrollar un apego seguro y promover la resiliencia, existen algunas condiciones que lo favorecen:
• Equilibrar la exigencia con el afecto. De esta forma les trasmitimos que son capaces de hacer las cosas, que confiamos en sus capacidades y que cuentan con nuestro apoyo incondicional si lo necesitan.
• Equilibrar los límites, normas y estructuras necesarias, con el respeto, la flexibilidad y la negociación. Que los niños nos quieran pero también nos respeten.
• Ser consistentes en las normas. No todo se puede hacer y hay razones para la existencia de esos límites. Dependiendo de la etapa de desarrollo de cada niño, conviene decirles el por qué de los límites en positivo. Por ejemplo, “estaremos en silencio porque todos debemos aprender” en vez de decir “estaremos en silencio porque sino, los anotaré en el libro de clases”.
• Entregar cariño constante y consistente en el tiempo.
• Mostrarles cotidianamente que están seguros porque estaremos disponibles cuando nos necesiten.
• Apoyarlos en el desarrollo de su autonomía, dejándolos explorar y equivocarse.
• Estar atentos para comprender lo que quieren comunicarnos, sin sobreinterpretar ni darles siempre la respuesta que pensamos ellos necesitan.
• Protegerlos y contenerlos cuando están angustiados, asustados o estresados.
Pero si por diversos motivos este primer vínculo se desarrolló de manera insegura, ¿Qué se puede hacer entonces?
La escuela entrega una nueva oportunidad para que estos niños con dificultades puedan desenvolverse estableciendo vínculos positivos y nutritivos. Su estructura formal y afectiva puede fomentar el apego seguro y la resiliencia en sus alumnos. Ello facilita el éxito profesional, académico y personal de cada uno de los actores que la componen y genera un proceso de retroalimentación en el marco de una convivencia sana y constructiva.
Todos los que trabajan con otros pueden llegar a ser “tutores” de resiliencia. Para ello es esencial creer genuinamente que las personas son intrínsicamente buenas, capaces de desarrollarse, crear y proponer. Además es importante entender los contextos y las razones por las que cada persona llega a ser como es.
Es difícil dar recomendaciones generales. El proceso es tan natural y complejo a la vez que muchas veces los profesores que marcaron la diferencia en la vida emocional de sus alumnos, ni siquiera tuvieron conciencia de la magnitud del rol que estaban desempeñando.
Sin embargo existen estrategias que conviene considerar:
• Lo primero es identificar de qué manera se relaciona cada niño: ansioso, evitativo, desorganizado. Reconocerlo como un legítimo “otro” y darles el derecho a ser diferentes. Con esa base de conocimiento enseñar con cariño, cuidado y respeto, atento a las necesidades y estilos de aprendizaje de cada uno.
• Construir experiencias que le permitan al niño explorar, cambiar la forma de hacer las cosas, darles permiso para equivocarse y demostrar confianza en lo que ellos están haciendo.
• Reconocer y aplaudir los éxitos, al igual que reconocer los errores y mostrarlos con respeto, explicándoles las consecuencias naturales y por qué es un error.
• Mantener un vínculo seguro y acogedor, independiente de los éxitos y errores. Darles la oportunidad de volver a empezar sin resentimientos.
• Construir espacios, relaciones y situaciones significativas que faciliten el cambio de modo de relación inseguro. Puede ser armando grupos de trabajo donde los mismos niños se ayuden a hacer determinadas tareas e ir modelando al niño más inseguro o agresivo, a través de los otros, mostrándoles la manera de relacionarse bien y confiar. Darles el rol de tutor, la oportunidad de liderar, de motivar a los compañeros.
Podemos ser facilitadores o dificultadores en el desarrollo de la resiliencia y la generación de vínculos positivos en nuestros niños. Recordemos entonces que tanto la sobreprotección como la indiferencia son una descalificación para nuestros niños.
Un apego seguro en la infancia o más adelante en la escuela, puede facilitar la enseñanza y el aprendizaje, reparar los daños que se produjeron en un comienzo y promover el desarrollo de la resiliencia, una herramienta tremendamente valiosa para llegar a ser personas felices y aportar positivamente a nuestro entorno.
Escrito por
Paula Gessner Harting Valoras UC Especialización en Psicología Escolar Psicóloga Educacional UC
Comentarios
Me parece imprescindible dar a conocer y enseñar el uso de este concepto. No todas las personas sabemos la relevancia que tiene basar las relaciones y los acontecimientos en el factor resiliente. Es de gran valor enseñar a nuestros niños el manejo de la Resiliencia. Agradecida de tus colaboraciones, nos hacen muy bien, ¡Cuánto crecemos! Me parece Maravilloso.
Estimada Mandy, junto con agradecer su interés en el tema planteado en este blog, le informamos que puede encontrar cursos relativos a Resiliencia, entre otros, en la sección Cursos o Destacados de este portal.
quisirea tomar este curso Gracias. Mandy Riquelme
Gracias por los consejos y las orientaciones! A veces nos vamos de un extremo a otro en la educación, siempre con buenas intenciones, pero olvidamos el necesario equilibrio.
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