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Blog Profesionales de la Educación
Fecha: 26/octubre/2009
El legítimo derecho a cumplir nuestros deberes. Curiosa frase ésta, que sirve de reflexión en un tiempo en el cual sólo se exigen derechos, sin detenernos a pensar si estamos o no cumpliendo con nuestras obligaciones. Chile y el mundo se encuentran en un momento muy especial, en una época de consolidación de las múltiples reivindicaciones planteadas a través de la fuerte movilización social, cultural y política propia de las décadas anteriores. Es este el momento en el cual se está dando respuestas a todas las interrogantes que por mucho tiempo fueron ignoradas. Desde el punto de vista global, esto es un avance, pues la resolución a los temas pendientes constituye un signo de desarrollo social y un paso importante para lograr una mejor calidad de vida. Toda la agenda social pendiente y el explosivo desarrollo de los canales de participación ciudadana, ha dado origen a la “cultura de los derechos”, en la cual las personas demandan lo que legal y éticamente les corresponde. Sin embargo, asumir este estilo de vida social implica disponer de absoluta claridad para distinguir el límite entre la demanda de los legítimos derechos individuales y cívicos y el irrenunciable cumplimiento de los deberes que cada ciudadano tiene en la sociedad. No basta con reclamar los derechos adquiridos si no estamos cumpliendo nuestros deberes, en la más amplia expresión. Al respecto, el mínimo requisito para el cumplimiento de los deberes es la exigencia del criterio de calidad en la respuesta que las personas deben dar en la ejecución de las responsabilidades sociales, cívicas, laborales y familiares. No basta con cumplir las obligaciones: es necesario desempeñarlas en un ámbito de alto estándar. Se asume que en la actualidad, atendiendo al desarrollo social y democrático, existe una red de protección legal que permite el fácil acceso a bienes, servicios y estilos de vida considerados derechos ciudadanos. Lo que no está claro es la contraparte: vale decir, verificar si existe una red legal que efectivamente vele por el cumplimiento de todos los deberes que los ciudadanos debemos cumplir. Lo lógico sería que el cumplimiento de las obligaciones naciera por el absoluto convencimiento de cada ciudadano, en términos tales que el buen desempeño individual es un aporte al bien común. Si se asumiera plenamente la convicción personal de cumplir con los deberes individuales, no estaríamos en presencia de tantos y tantos problemas que perjudican a la sociedad en su conjunto. Ya es hora que cada cual asuma en forma seria su rol social, como punto de partida para la exigencia de los derechos ciudadanos. “Pastelero a tus pasteles”, reza el antiguo refrán… Así, los padres y familias dediquémonos a formar y educar a nuestros hijos, evitando el error de creer que el Estado debe cumplir primariamente estos roles, en circunstancias que sólo debe hacerlo de manera subsidiaria. Cada uno en lo suyo: los profesores, educando mediante la cultura y el conocimiento; los sacerdotes y religiosas, dedicados a sus labores pastorales; los políticos, afanados en mejorar la legalidad para tener una mejor convivencia nacional. Los funcionarios públicos, entregados a prestar un servicio con amabilidad y eficiencia. En fin, las incontables actividades, oficios, profesiones y acciones sociales y comunitarias, implican un alto grado de exigencia ética para el cumplimiento de metas y el logro de resultados. Esto es lo primero: verificar si ello se está cumpliendo o no. Si en nuestros deberes y obligaciones no hay logro de metas ni resultados, no estamos realizando bien nuestras tareas y, por lo tanto, el deber u obligación no se está cumpliendo. Solo en la medida que cada uno de nosotros observe el cumplimiento de sus deberes, podremos reclamar nuestros legítimos derechos. Este es un buen punto de partida para mejorar nuestra Convivencia local y nacional. En caso contrario, sólo estaremos contribuyendo a aumentar los niveles de injusticia presentes en la sociedad.
Chile y el mundo se encuentran en un momento muy especial, en una época de consolidación de las múltiples reivindicaciones planteadas a través de la fuerte movilización social, cultural y política propia de las décadas anteriores. Es este el momento en el cual se está dando respuestas a todas las interrogantes que por mucho tiempo fueron ignoradas. Desde el punto de vista global, esto es un avance, pues la resolución a los temas pendientes constituye un signo de desarrollo social y un paso importante para lograr una mejor calidad de vida. Toda la agenda social pendiente y el explosivo desarrollo de los canales de participación ciudadana, ha dado origen a la “cultura de los derechos”, en la cual las personas demandan lo que legal y éticamente les corresponde. Sin embargo, asumir este estilo de vida social implica disponer de absoluta claridad para distinguir el límite entre la demanda de los legítimos derechos individuales y cívicos y el irrenunciable cumplimiento de los deberes que cada ciudadano tiene en la sociedad. No basta con reclamar los derechos adquiridos si no estamos cumpliendo nuestros deberes, en la más amplia expresión. Al respecto, el mínimo requisito para el cumplimiento de los deberes es la exigencia del criterio de calidad en la respuesta que las personas deben dar en la ejecución de las responsabilidades sociales, cívicas, laborales y familiares. No basta con cumplir las obligaciones: es necesario desempeñarlas en un ámbito de alto estándar. Se asume que en la actualidad, atendiendo al desarrollo social y democrático, existe una red de protección legal que permite el fácil acceso a bienes, servicios y estilos de vida considerados derechos ciudadanos. Lo que no está claro es la contraparte: vale decir, verificar si existe una red legal que efectivamente vele por el cumplimiento de todos los deberes que los ciudadanos debemos cumplir. Lo lógico sería que el cumplimiento de las obligaciones naciera por el absoluto convencimiento de cada ciudadano, en términos tales que el buen desempeño individual es un aporte al bien común. Si se asumiera plenamente la convicción personal de cumplir con los deberes individuales, no estaríamos en presencia de tantos y tantos problemas que perjudican a la sociedad en su conjunto. Ya es hora que cada cual asuma en forma seria su rol social, como punto de partida para la exigencia de los derechos ciudadanos. “Pastelero a tus pasteles”, reza el antiguo refrán… Así, los padres y familias dediquémonos a formar y educar a nuestros hijos, evitando el error de creer que el Estado debe cumplir primariamente estos roles, en circunstancias que sólo debe hacerlo de manera subsidiaria. Cada uno en lo suyo: los profesores, educando mediante la cultura y el conocimiento; los sacerdotes y religiosas, dedicados a sus labores pastorales; los políticos, afanados en mejorar la legalidad para tener una mejor convivencia nacional. Los funcionarios públicos, entregados a prestar un servicio con amabilidad y eficiencia. En fin, las incontables actividades, oficios, profesiones y acciones sociales y comunitarias, implican un alto grado de exigencia ética para el cumplimiento de metas y el logro de resultados. Esto es lo primero: verificar si ello se está cumpliendo o no. Si en nuestros deberes y obligaciones no hay logro de metas ni resultados, no estamos realizando bien nuestras tareas y, por lo tanto, el deber u obligación no se está cumpliendo. Solo en la medida que cada uno de nosotros observe el cumplimiento de sus deberes, podremos reclamar nuestros legítimos derechos. Este es un buen punto de partida para mejorar nuestra Convivencia local y nacional. En caso contrario, sólo estaremos contribuyendo a aumentar los niveles de injusticia presentes en la sociedad.
Escrito por
Luis Espinoza Olivares Colegio Pablo Neruda de Parral Profesor Director
Comentarios
...recomendable de leer...
Hola Luis: junto con saludarte, quiero felicitarte por tu blog, ya que el tema de la Convivencia Escolar al interior de los Colegios y Liceos es muy serio y preocupante. Si no se asume la necesidad de intalar estrategias que apunten a resolver la problemática que se crea en un ambiente enrarecido por las malas relaciones entre los actores educativos, se llega a tener que enfrentar una crisis de valores, que daña las generaciones de estudiantes que están participando en el proceso.
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